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Alguien voló y fue libre...escribiendo

Capítulo 1. Dos puntos (o tres). Por Manuel.

Capítulo 1. Dos puntos (o tres). Por Manuel.  

La valla se elevó y el coche rojo atravesó la pared de lluvia sin titubear. Adrián contó las monedas con las manos, sólo palpándolas, pues sus ojos apuntaban al maletero del coche rojo, cada vez más pequeño, finalmente invisible. Las monedas de euro al cajón de los euros, las de veinte, a su respectivo cajón. Quedó en la mesa una moneda de un céntimo que pedía asilo. Nuestro amigo la miró en su soledad y desamparo, para después acogerla en sus manos como quién abraza a un hermanito recién nacido. Aquella moneda aparecía  minúscula, ridícula, casi fuera de toda lógica. Podía haberse puesto a hablar y Adrián no se hubiese sorprendido. Le hizo tanta gracia que se le dibujó una sonrisa, igualmente ridícula.

Le pareció que debía -quién dice debía dice necesitaba- llevarse aquel pequeño tesoro de cobre con él. Nadie repararía en su desaparición -quién dice desaparición dice secuestro-, así que la acomodó de canto entre sus dedos, índice y corazón de la mano derecha, de forma que pasara inadvertida en las cámaras de seguridad del peaje. Y en dos segundos, estaba en su bolsillo. 

Sus pensamientos bascularon entonces durante tres horas entre dos puntos. Dos puntos cósmicos cercanos en el tiempo pero distantes en significado. El primer punto era el coche rojo. El segundo punto era la moneda de un céntimo. Así, durante tres horas: desde el coche rojo ya invisible hasta su pequeña moneda raptada. De uno a otro, de uno a otro. Con tanta intensidad profundizó en ambos puntos, que al final quedarán en su memoria como uno solo. En tres horas, su cabeza –quien dice cabeza dice mente o dice alma- fue capaz de avanzar -quien dice avanzar dice quemar- gran parte de su vida. De tal forma, le pareció que había pasado un año entero. Y en lugar de tener veinte años, sintió, de pronto, que tenía veintiuno. Así de profundo se grabó en su memoria el coche rojo pasando, el maletero desapareciendo y la fría moneda de canto entre sus dedos.

Cumplió con su horario laboral y a las ocho estaba marchando hacia casa, una pequeña vivienda de dos pisos en un pueblo cercano. Allí le esperaban su madre y una tortilla de patatas. Por el camino, en el coche, pensó y reconstruyó mentalmente una vez más su pequeño hurto: su fechoría. Y se sintió bien, maduro, como un hombre que ha hecho bien su trabajo y vuelve a casa a descansar al calor del hogar. Adrián se sintió todo un hombre. Igualmente, pensó en el coche rojo pasando, con sus amigos dentro, a los que no pudo dejar de cobrar. “Si me pillan, me echan”, les dijo. Ellos, entre risas, pagaron los dos euros del peaje y le dieron un céntimo de regalo. Después, se despidieron agitando los brazos. Y Adrián, recordando, se sintió de nuevo todo un hombre. 

Cuando llegó a casa, charló con su madre cordialmente, dándole gusto y con el único afán de hacerla feliz, a ella que lo merecía. Dejó la moneda en su escritorio. Se preocupó de que quedara en medio, en el centro, en el punto exacto que correspondía al centro -si es que ese punto existe en un rectángulo-. Después se desnudó y, tras mirarse al espejo ciertamente sorprendido por la forma de su cuerpo, se dejó caer en la cama. Y de nuevo se puso a bascular: de un pensamiento a otro, de uno a otro. Por tercera vez en el día –quien dice día dice noche- se sintió como un verdadero hombre. De hecho, se sintió terriblemente vivo y comenzó a temblar.

1 comentario

Fenix -

Me gusta bascular jajajaja Cabrones!!